9.16.2010

COELLO
Le recuerdo como un hombre sin estridencias, discreto. Un pescador negro concentrado en su oficio de patrón de un yate turístico. En medio del la efervescencia que en 1989 llevó a los canales de la Marina Hemingway la celebración del Grand Slam del Caribe, le hicimos una rápida entrevista. El ritmo vertiginoso de la cobertura de prensa y la limitada selección de materiales para publicar dejó las notas en una carpeta, a la que los años dieron polvo y un tinte más grisáceo que amarillo. Pero del viejo archivo nos vinieron al encuentro, con todo y foto. Habría sido hermoso encontrarlo, terminar la historia pasadas dos décadas, pero nos había dejado años atrás Miguel Coello Trueba.
Antes de navegar en un yate de pesca turística, el patrón Coello Traba comenzó en la profesión marinera como pescador a palangre, en Cojímar. En la Marina Hemingway llevaba un cuarto de siglo en el momento en que le entrevistamos. Era, en aquel momento, el piloto designado y guía de pesca a bordo del Cap Ferrat, el yate en el que participaba en la competencia el mexicano Armando Ferrat, a cuya iniciativa se debía la puesta en marcha de importante torneo, cuya segunda mitad efectuaron en Playa Linda, en el estado de Quintana Roo, del vecino país.
Hablando con el cubano justamente de su experiencia en estas lides de la pesca mayor y él recordaba que en un torneo internacional de la pesca del marlin celebrado por aquellos años en Cancún había sacado la barracuda más grande, de 37 libras, y ganó “El Día del Capitán”, una jornada que se decide en la competencia para que pesque el capitán solo. La pieza que le llevó a esa victoria fue una aguja blanca que fue capturada, verificada por un juez y luego liberada.
El periodista, novato en aquellos días en el tema, leía a Hemingway para tratar de aprender algo de los enfoques del tema en el papel, y escuchaba la experiencia de los que de verdad saben, Como Coello: “Yo, no es que sea pescador, sino patrón. Entre el patrón y el pescador tiene que haber un conjunto... el patrón hace al pescador y el pescador hace al patrón. Tiene que ser muy estrecha la coordinación entre ellos, una mala maniobra puede perder el pescado. Por eso para el patrón es un poco difícil pescar con una persona nueva o un poco inexperta, porque todo el mundo no pesca igual, unos tienen un poco más de paciencia, otros se desesperan mucho, y hay muchos factores...
“La aguja siempre sale hacia el barco. Yo tengo un sistema que pesco de tierra hacia fuera, y viceversa, siempre en zigzag, según como esté la corriente. Hay momentos en que está un poco floja y se busca un poquito por fuera; porque la corriente siempre existe, lo que a veces está floja y tú debes buscarla por fuera. Cuando es muy fuerte, viene casi a la orilla de la costa.
“Me gusta más la caída de la tarde que la mañana. La mañana tiene un rato en que este pez se mueve; ya al mediodía, parece que por el mismo resplandor, hay un poco de temperatura y buscan a coger profundidad. Ya cuando va cayendo la tarde va refrescando, la brisa va aumentando y es cuando el pescador tiene su oportunidad.
“Cuando hay mucha calma y cuando hay mucho sol, la aguja busca más profundidad. La mayoría de las veces las agujas andan aboyadas en la superficie. Ahora, independientemente son muy pocas las que comen así: el pescado que sale de abajo, el que tú no ves, ese es el pescado que vas a coger, ese come. Las que están arriba muchas veces vienen llenas, vienen floreando.
“El sedal siempre tiene que mantenerse estirado. Cuando tú clavas, debes siempre reclavar, dos veces y hasta tres; porque te puede coger una parte del hueso y quedarse la punta del anzuelo ahí y, bueno, ese matador no pasó, y al no pasar, cuando la aguja vuela es donde te larga el anzuelo.
“En el momento en que se clava se debe mantener la misma marcha, unos cuatro nudos, hasta que te cercioras de que está clavado. Si la aguja se adelanta mucho, hay que dar su poquito de máquina, pero a la hora de clavar el pescado no se debe dar esa máquina, ante todo clavarlo, porque puede suceder que el pez haya tomado el anzuelo con la carnada, te lo aguanta con el pico rugoso, y si le das máquina lo que puedes arrancarle la carnada de la boca.
“Después que tú lo fusilas es que tú moderas la máquina, para ver el rumbo que va a coger el pescado. Esos barcos por lo general van a una marcha, de cuatro o seis nudos aproximadamente, y cuando tú le mandas a parar máquina el nailon hace una onda y la carnada parece que está muerta, y la aguja la suelta.
“Muchos opinan que el pez de pico mata y después come y eso no siempre sucede. Y te digo que han venido casteros de abajo y han clavado. La aguja blanca acostumbra a darle golpes a la carnada, pero no siempre. Que sucede con la mota, que es una trampa, no tiene anzuelo; cuando la aguja enreda su pico en la mota, de verdad que ya no lucha, es como un buey que lo coges por el narigón y lo puedes llevar a todas partes. El pico de la aguja es todo: su arma, su timón; en ocasiones sucede que la mota le cierra el pico por completo y no puede recibir el agua para extraerle el oxigeno. En esencia, no respira, la estás matando. Fíjate que por lo general la mota tú la puedes maniobrar a mano, por muy grande que sea el pez, y coge (trata de coger) una aguja a mano, un dorado a mano.
Un tripulante entra en la conversación –una clase magistral de lujo era, para el reportero joven, que no dice otra palabra que la necesaria para que el maestro siga en las suyas- y opina que, entre los casteros, el guareteao es durísimo (vareteado le llamaba el sabio Poey en el siglo XIX, se trata del pez con rayas transversales muy visibles). “Pero el carbonero también lo es”, subraya Coello. El otro marino insiste: “Según la experiencia que yo tengo, un castero guareteao, siendo la mitad más pequeño, es más difícil de coger”. Coello dice que él los ha cogido de todos los tipos, “y la verdad no he podido apreciar cual hala más. Y los he cogido de 300, 400 y pico, de 500 libras, y los he cogido de 200 y pico, y para mí los que más lucha han dado han sido los de ciento y pico de libras, los más nuevos”.
En los registros de record de la Federación Cubana de Pesca Deportiva estuvo anotada una aguja de casta de 642,2 libras, capturada el 6 de septiembre de 1982 y acreditada a Miguel Cuello (sic). Aparece este récord en la Agenda ’83, publicada en ocasión del XXI Torneo nacional de pesca de la aguja Ernest Hemingway, repiten el dato en los dos años siguientes, aunque con deficiencias de impresión, y deja de aparecer en la edición de 1986, en apariencia debido a que se ha corregido algún error, pues en la misma categoría de línea, 50 a 80 libras, desde 1978 ese registro había acogido la captura de un pez de la misma especie, de 569 libras de peso, record nacional aun vigente, logrado por el deportista norteamericano Phillip Capputo en el torneo internacional del Castero efectuado en la misma marina cubana, entonces llamada Barlovento, en agosto de 1978.
Cuando se le preguntó cuales otras aguas del archipiélago cubano había pescado, recordó de inmediato una singular experiencia en los Jardines de la Reina, sitio cuyos peces de pico son una leyenda que muchos han intentado desentrañar desde la primera mitad del siglo XX. “Había un plan de los alemanes (?) que se dio por allá, y allí maté nueve velas y un castero, que decían que no corrían,... por fuera. Allí yo vi manchas de hasta 25 agujas; del bonito es una “asquerosidad” lo que hay ahí. Todo el tiempo allí hay pescado. Yo vi siete u ocho casteros y es como si dijeran: “No, no es conmigo, ja, ja, ja”. Hasta viva le puse la carnada, y nada”.
Mencionada la palabra, no hay pescador que no siga el tema: “Como carnada, la lisa es un poco delicada. Hay que deshuesarla, sacarle toda su columna; nosotros tenemos un tubito, le hago un caladito aquí en la cabeza, y le sacamos completa la columna. Le ponemos un plomo de 10 a 20 onzas, según lo que uno quiera bajarla en profundidad. Esa lisa parece que viene viva, con el anzuelo sacado por debajo, donde tiene la aletica. Eso tiene que estar bien encentradito, porque el anzuelo ladeado o el plomo un poco corrido y viene dando vueltas. Usa una braza o media de estay (alambrada)”.
“Otro que es muy bueno para encarnar en el anzuelo cuando se pescan agujas es el agujón. “Por ejemplo, yo preparo un tronquito que es de la parte de atrás; se le saca la columna, se le saca dos tapas, y se ponen al revés, con la punta donde tenía la cola hacia delante. Con eso hemos cogido los pescados más grandes. Para esta pesca también sirven el dorado, la pintada, el bonito, chiquitos. Al castero le gusta mucho el bonito, el sable. ¡Se vuelven locos los casteros con los sables! Todos esos se ponen completos. El factor es la carnada fresca, mejor si es cogida de hoy por la noche para mañana; es una pesca al seguro, porque si está un poco podrida te la desbaratan”.
Miguel Coello Traba, como capitán de una embarcación cuya función era llevar de pesca a turistas extranjeros, lo cual es toda una responsabilidad, no dejaba detalle sin atender. “La preparación de los avíos es importante. La regulación del carrete no se debe tocar, tú tienes que tenerlo graduado; por ejemplo, si el nailon es de 50 libras, tú debes poner el freno para 50 libras. Hay veces que en lugar de ponerle regulación hay que quitarle, porque la zapatilla con la fricción se va dilatando y se tranca, y aumenta el freno...”
Las viejas, polvorientas cuartillas, se las termina de leer con un sentimiento de gratitud al ya fallecido capitán Coello Traba. Probablemente a Hemingway le faltaron unas cuantas cosas por aprender.