1.24.2017

LOS 200 DE LA VILLA BLANCA
Gibara ha estado presente en CUBANOS DE PESCA. La ha traído desde su litoral Rafael Bauzá, que nos ilustró con la vara de yaya, una variante de la criolla de cañabrava, usada particularmente en el mar en esa villa del norte de la provincia de Holguín. Nos enteramos que ha cumplido doscientos años este 16 de enero y es un gusto indagarle la historia, para llenar en palabras lo que ha faltado al caminante, que en sus años ha podido andar literalmente de Punta de Maisí al Cabo de San Antonio, pero quedándole algunas entradas ―y muy numerosos cayos de fama, dígase al paso ― por iluminarle sus jornadas de viajero.
En 1817 esta ciudad fundada con el título de Villa era un enclave conocido por el toponímico de Punta del Yarey y sus comienzos se deben a la edificación del fuerte de Fernando VII que defendía la entrada del puerto. Región de tierras llanas, posee sin embargo varias elevaciones próximas a la costa, como la renombrada Silla de Gibara, de 307 metros de altura, las que muy probablemente sirvieron de puntos de vigilancia hacia el mar. La bahía de Gibara, en cuya costa oeste ha crecido por dos siglos la población, sin duda el accidente geográfico que dio nombre a la urbe, mientras no poco influye el río de similar denominación, que recorre 50 kilómetros desde las alturas de Maniabón para desembocar en la rada. De tal paisaje de pesca también nos ha indo enterando el amigo del lugar, que ha recibido mención en un reciente concurso del blog y seguramente seguirá aportando crónicas de los peces y pescadores de tan singular ciudad, prestigiada en lo cultural desde 2002 por su relevante Festival del Cine Pobre.
Al percatarse durante su arribo a Cuba de cierta impunidad de los corsarios que frecuentaban la costa cubana, el capitán general José Cienfuegos, pidió ayuda a los habitantes de la Isla y se dispuso a fortificar los accesos costeros más vulnerables, levantando torreones y baterías. El avance hacia el mar del terreno al poniente de la boca de la bahía, y la bravía marejada que bate las costas abiertas, decidieron la elección del sitio para ubicar el fuerte, en torno al cual creció Gibara, puesto que se hacía fácil abatir con fuego de artillería a los buques hostiles desde que aún se hallaban en alta mar, razonaban los ingenieros del ejército. Vinculada la comarca a la memoria del desembarco de Colón en tierra cubana, un añejo sentido de lo histórico de algún modo marcó la impronta cultural de la comarca.
Los terrenos donde se levantó Gibara pertenecieron en un tiempo a don Francisco Domínguez, a quien los había cedido el Ayuntamiento de Holguín en 1756. En 1782 el propietario cedió los terrenos a un hermano llamado Blas, recién casado, para que los habitara, cultivara y fomentara, constituyendo un hato que contó con las correspondientes edificaciones de guano y yaguas, o tal vez de embarrado, supone el historiador Leyva, quien anota que el nuevo poseedor vendería el fundo en 1814 al pescador don Juan Ramón de Guzmán,  quien vivió muchos años más tarde en la villa de Gibara, una de cuyas calles llevó el nombre de San Germán,  apodo por el que era   conocido el pescador. El 25 de noviembre de 1816 acordó el Ayuntamiento ceder el fundo al rey, para la construcción de la fortificación, con lo cual quedó en entredicho la posición que de él hacía el pescador, pues quien fue convocado a recibir la notificación fue el propietario original, don Francisco Domínguez. No obstante, don Juan Ramón de Guzmán donó gustosamente el terreno y pidió únicamente se le incluyera en la compañía militar que para la defensa del enclave habría de formarse. Todavía en 1846 residía en el pueblo aquel que al cabo resultaba el verdadero propietario de la Punta del Yarey en el momento del traspaso, hace constar el autor de la historia publicada a fines del siglo XIX en la Revista Cubana.
La construcción de la batería de Gibara concluyó el 2 de  junio de 1818, al costo de algo más de 10 000 pesos, y fue entregada días después al capitán D. Miguel López Corellas, jefe del nuevo puesto militar (¿provendrá de la memoria de este personaje el toponímico Punta Corellas, de tan próxima ubicación en esa costa?). Además de un teniente y un subteniente que auxiliaban a López Corellas en el mando, la dotación del fuerte estaba constituida por un sargento primero, dos segundos, un tambor, cuatro cabos primeros, cuatro segundos y 48 soldados. Aparte de obras militares, el gobierno territorial priorizó el mejoramiento del camino desde Holguín a la fortaleza, construyó cárceles, sede del ayuntamiento y locales para asuntos públicos, todo con ayuda de la población, y se gestionó la habilitación del puerto.
Germen de ciudad sería, en la fecha de su fundación, lo que medio siglo antes no fuera sino solitario embarcadero del corral Arroyo Blanco, testimonian antañas escrituras. Una década después de iniciado el asentamiento, con festejo de misa, orquesta y comitiva de notables llegada desde Holguín (en primer plano don Francisco de Zayas y Armijo, criollo santiaguero que fue teniente gobernador de la ciudad cabecera regional), Yarey de Gibara poseía 14 casas de mampostería y 60 de guano, con una población de 337 habitantes, y aparecía el nombre actual identificando aquel puerto en un mapa de 1827 que inserta Humboldt en su Ensayo político sobre la isla de Cuba. Estaba ubicada la ciudad en una península que avanzaba unos quinientos metros de la costa, sobre una planicie inclinada que formaban las estribaciones de las lomas de La Vigía y El Catuco, según lo describe el estudio de Herminio G. Leyva, titulado “Gibara y su jurisdicción. Apuntes históricos y estadísticos”, que publicó la Revista Cubana entre el segundo semestre de 1887 y mediados del año siguiente.
Intranquilidad es palabra que describe los primeros años del poblamiento de Gibara del Yarey en su tránsito hacia la condición de enclave urbano. Los piratas actuaban a diario y era el caso de tenerlos que repeler en la misma boca de la bahía gracias a la fortificación. Gran trabajo tendrían en aquel entonces las autoridades del lugar, recibiendo embarcaciones en tránsito que llegaban de arribada por desperfectos de buques o buscaban protección de casuales perseguidores. En 1820 se reúne el cabildo holguinero para discutir acerca de la situación del poblado que ya se fomentaba en Gibara, con 21 casas y la propuesta de iglesia, que era importante atribución de aquellos tiempos, señalando los regidores la necesidad de instruir en el lugar acerca de violaciones de la ley en toda la zona en torno de la bahía, y con tales disposiciones continuó la población hasta que se le dio ayuntamiento en 1823, resultando elegido Alcalde constitucional don Juan Zaldívar.
El cese del segundo período constitucional en España hizo retroceder la organización administrativa de la nueva localidad cubana, cuyas primeras autoridades habían trabajado en el corto tiempo a su disposición en la solicitud de tierras de cultivo para aumentar la población, el establecimiento de una junta de beneficencia para socorro a los indigentes y de una escuela de primeras letras. En lo adelante, ejercieron el mando civil los capitanes de partido, cuyo estilo autoritario fue criticado en su momento por el reputado sabio cubano Tranquilino Sandalio de Noda en 1834, calificándoles de “institución estravagante (sic) y sumamente perjudicial”, cuyos funcionarios eran culpables de “absurdos y aun delitos” y de manejos parciales y déspotas. El ayuntamiento de Gibara vuelve a constituirse en 1836, pero en poco tiempo se restablecen la como autoridad civil los capitanes de partido.
El historiador Leyva notifica que el nombre de la villa de Gibara procede del de un arbusto llamado jibá, voz indígena  que según el botánico Dr. Juan Tomás Roig identifica a varias especies florísticas silvestres del género Erythroxylon, características de terrenos calcáreos pedregosos, las cuales producen frutos de color rojo muy buscados por palomas torcaces y cotorras y cuyas raíces poseen propiedades medicinales. Jibara es también nombre común de dicha planta de dicha planta en Vueltabajo, dice el autor del Diccionario botánico de nombres vulgares cubanos. En su explicación, Leyva desestimaba que el nombre de la localidad guardara relación con la voz jíbaro.
Dando testimonio de uno de los elementos característicos de la fauna gibareña, Leyva señalaba a finales del siglo diecinueve la existencia de diversas especies de cangrejos en el litoral, el blanco o azul, que se criaba en los humedales de la playa, y el rojo que permanecía en cuevas pedregosas. Relata una corrida de desove de esta última especie del crustáceo: 
“Era un día del mes de Mayo ó Junio, paséabame por los alrededores de Los Colgadizos, cuando observé que, procedente de ellos, por la dirección que llevaban, se dirigía á la playa próxima, un ejército considerable de cangrejos colorados en estado de extrema preñez; llegaron hasta las líneas donde las olas muertas lamen la arena, y después de algún batallar con el Océano, soltaron sus huevos todos. Al oscurecer de la tarde no sólo estaba inundada toda la playa, que no es pequeña, por los nuevos seres vivientes, sino que también se extendían por todo el ramblazo próximo á la misma, llegando á las primeras casas del poblado. El aspecto que presentaba toda la superficie cubierta por millares de millares de cangrejos de tamaño de una mosca próximamente era sorprendente, más que por su extensión, por el efecto que producía hormigueando aquella inmensa alfombra color de escarlata. Vino la noche y con ella desaparecieron los recién nacidos cangrejos, sin que yo pueda asegurar á dónde fueron a parar”.
Las gestiones para habilitar el puerto de Gibara para la exportación de los excedentes de producción de Holguín comenzaron casi un lustro antes de la existencia de la villa, cuyo tráfico mercantil desempeñó un importante papel en la actividad comercial de la costa septentrional de la región Oriental de Cuba. Por dicho puerto, cuya accesibilidad a la ruta de navegación hacia Europa es señalada, se exportaba tabaco, azúcar, mieles, aguardiente, cera, maderas de construcción, cueros curtidos, carnes saladas y frutas, entre estas plátanos, piñas y cocos, sobre todo a partir de 1827, cuando se estableció la aduana. Probablemente su ubicación en el importante paso marítimo del Canal Viejo de las Bahamas haya motivado el interés de amurallar la urbe, segunda en la isla en contar con tal protección militar, luego de La Habana. Las fuerzas mambisas que derrotaron el poder colonial en Cuba penetraron en la villa de Gibara el 25 de julio de 1898 y en los alrededores del cercano poblado de Auras (hoy Floro Pérez) se llevaron a cabo los últimos combates de la guerra contra el dominio español en Cuba y América (Ecured).
De acuerdo con una fuente de la primera mitad del siglo XX, la región gibareña era productora de caña, maíz, plátano, frijoles, ganado vacuno y porcino, y poseía yacimientos de cobre, plomo y oro (Cuba en la mano, página 72). En la actualidad los principales renglones de su economía son la ganadería y las cosechas de viandas, granos, vegetales, frutas y otros. Cuentan con una hilandería, un astillero, y otras diversas industrias, un establecimiento pesquero y una “Base de Pesca Deportiva”, que según el sitio Ecured, posee “un fuerte potencial productivo de aporta a dicha entidad para el mercado local”, señalado énfasis hacia una vertiente de aprovechamiento de la flota recreativa nacional que dura ya una década y desestima en su enfoque el alto valor de la pesca por afición como recurso a favor del tiempo libre y su elevada potencialidad como actividad turística que interesaría tanto al mercado propio como al foráneo.
De acuerdo con datos actualizados, el municipio de Gibara posee una extensión de 626 km2, con una población de más de 71 200 habitantes,  de estos 17 000 en la ciudad cabecera. La evolución cultural gibareña es hoy día respaldada por más de un centenar de centros educacionales, incluidas dos sedes universitarias y una red de museos. Declarado Monumento Nacional el 12 de enero de 2004, del centro histórico de Gibara se destacan sus excepcionales cualidades urbanas y arquitectónicas, que caracteriza un singular trazado urbano, el protagonismo de espacios públicos abiertos y notables muestras de auge arquitectónico evolucionado en elegantes obras entre finales del siglo XIX y principios del XX, con predominio de portales, columnas y frontones neoclásicos, en combinación con patios coloniales, zaguanes y vitrales típicos de la casa cubana tradicional.
El turismo adquiere protagonismo en Gibara con la creación de una empresa turística en 2011, y un año después entraría en funciones el restaurado hotel Ordoño (1926), de 27 habitaciones, con categoría cuatro estrellas, y cuentan además con el Arsenita y una amplia red de hostales y restaurantes particulares. La apertura de una ferretería de artículos náuticos sería noticia que interesó a los aficionados a la pesca, mientras una ruta de excursiones en catamarán desde el polo de sol y playa de Guardalavaca ofrecía un atisbo de eficaz visión comercial en la industria del ocio por parte de ejecutivos locales. Entre las iniciativas en marcha, el diario Granma elogiaba en 2012 la organización de un evento culinario de carácter masivo, enfocado al rescate de la cocina autóctona, la dinamización de la creación artesanal y la calificación del potencial humano dirigido a los servicios en función de los visitantes.
Mucho mayor potencial probablemente descubran los gibareños, gracias a su agraciada posición junto al mar y a las tradiciones que ya sabemos guarda la ciudad, en la medida en que a la población de la comunidad le sea posible participar directamente en la gestión, como parte de novedosos enfoques de la economía. Probablemente los gestores de la industria de la hospitalidad en la provincia de Holguín han puesto su mirada en las condiciones naturales de la litoral ciudad, el relieve costero de cuyo paisaje inmediato se caracteriza por pequeñas y pintorescas playas y rompientes de coral, en sitios tales como Caletones, Playa Blanca, Los Bajos, u otras dentro del perímetro urbano, que es caso de las llamadas Boquerón, El Faro o la Playita del Vallado. Cuevas y cenotes se hallan al oeste. La bahía de Gibara, cuya mayor profundidad apenas rebasa los dos metros y medio, difícilmente sería tomada en cuenta para la recepción de embarcaciones de mayor porte, como es el caso de los cruceros ahora nuevamente en auge, pero es probable que el atraque de catamaranes y pequeños veleros hallaría un muy dotado destino de excursiones y turismo de vida a bordo. Ahí entraría el deporte de la pesca, que, una decisión capaz permitiría se desarrollara a partir del talento local, para dar un producto turístico autóctono y de beneficio económico directo a  la comunidad. Saludemos con esas expectativas los dos siglos de en la Villa Blanca.

Bibliografía
Cuba en la mano. Enciclopedia Popular Ilustrada. (Esteban Roldán Oliarte, Editor). Úcar, García y Cía, La Habana, 1940.
Ecured Portable v1.5. Centro de Desarrollo Territorial Holguín – UCI, 2011-2012. Revisados los términos “Comercio por Gibara en la época colonial”, “Gibara”, “Villa de Gibara” y “Bahía de Gibara”.
Leyva, Herminio G.: “Gibara y su jurisdicción. Apuntes históricos y estadísticos”. Revista Cubana, La Habana, Tomo VI (1887), páginas 136, 238, 334, 459 y 523; y Tomo VII (1888), páginas 78, 267 y 432.
Noda, Tranquilino S. de: “Eliminación de las capitanías de partido”, por "El Guajiro". Diario de La Habana, No. 195, 15 de julio de 1834, página 3.
Portuondo del Prado, Fernando: Historia de Cuba. 1492-1898. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1974.
Veloz Placencia, Germán: “Bicentenario de Gibara. Cada día más cubana”. Granma, La Habana, 16 de enero de 2017, página 8.
-----: “Municipio de Gibara. Potencial turístico por explotar”. Granma, La Habana, 15 de febrero de 2012, página 3.